Cada vez que pasaba por esa obra y los albañiles sudorosos, con mucho pelo y sin camiseta le lanzaban un piropo Sandra, una ama de casa normal como puede ser tu vecina, se sentía excitada, húmeda, mojada. Deseaba que ese calentón se lo pudiera bajar alguno de esos rudos hombres a espaldas de su marido, que la follara boca y tetas, que la empujara a cuatro patas como a una vulgar perra. que la hiciera sentir sucia.